Historia 1 – Ella tiene una hija adolescente. Desde hace un tiempo lleva sobre sus hombros el peso del hogar, su pareja falleció tempranamente a causa de una enfermedad. Tiene muchas dudas y preocupaciones en cómo encausar todo el engranaje de ser exigente y complaciente con su hija. La muerte las dejó (a ambas) abatidas y tratan de recuperar la calma. Se impone un reordenamiento en el hogar y en sus vidas. La música, bendición para el espíritu, no encuentra acomodo en dos seres con gustos tan diferentes. El regueaton invade las paredes de la casa y sale más allá de las mismas, la madre no sabe cómo hacer entender que esa melodía la desequilibra y prefiere las sosegadas notas de un bolero. La lucha se instaura en la casa, quien logre permanecer con su melodía preferida por más tiempo ha ganado la batalla. La madre cambia de estrategia, las mil y unas palabras no han podido. Decide ficticiamente inclinarse por el ritmo sonoro, hiper sonoro del gusto de su hija, ahora a más volumen del deseado. Terapia de choque , me dice…
Historia 2- Ella, madre de una hija adolescente. Divorciada, y con el peso de todas las alegrías y calamidades de su existencia encima. Novio a la vista. Restricciones, prohibiciones. Resultado: mentiras, engaños, embarajes de su hija. La maestra llama a la casa para indagar el por qué de tantas ausencias a la escuela. El descubrimiento la deja paralizada. Los reproches no se hacen esperar. indaga y exige por la confianza que cree siempre le ha dado y que ahora ha sido traicionada. Ya no puedo confiar en ella, yo que tanto me he sacrificado, me dice….
Dos anécdotas de la vida real. Cada caso diferente. Común en la “incomunicación”,común en asumir desde el rol femenino la autoridad. Los padres creemos que para comunicarnos adecuadamente con nuestros hijos nos basta el profundo amor que les tenemos, nuestra experiencia de la vida y la necesidad que ellos tienen de ser guiados y corregidos. Probablemente estos tres ingredientes, junto al sentido común, sean suficientes en muchas ocasiones para mantener una buena comunicación con nuestros hijos. Y tal vez sería un esquema válido si no existieran los sentimientos
Defendemos la comunicación abierta, basada en la capacidad de escuchar activamente. Escuchar activamente es algo más que percibir con nuestros oídos las palabras que nos envía la persona con la que estamos hablando. Supone estar dispuesto a captar los sentimientos del niño, la profundidad con que le ha afectado el problema y la necesidad, manifiesta o no, de hablar de cómo se siente. Y también supone respetar y aceptar al niño tal y como es, sin etiquetarlo ni rechazarlo por lo que siente o por lo que hace. Para comunicarnos de manera efectiva con nuestros hijos es necesario que aceptemos lo que son y lo que sienten